Tú…
Tú me escribías diciéndome:
“Me gusta cuando me escribes”
Yo…
Yo, al principio de lo nuestro,
ilusionada te escribía…
Escribía…
Hablaba de sombras que eran una.
Escribía…
Buscaba en tus ojos mis respuestas…
y… un día… dejé de escribir…
algo se había roto dentro…
y… volvió el miedo… el desasosiego.
Te miraba y, aunque acallase mi voz,
ella… sin palabras me hablaba.
Me hablaba en la angustia que trepaba,
sí, trepaba desde mi estómago a mi pecho,
cuando tú… tú… soltabas al rottweiler…
cuando hablabas de ángeles de alas cortadas…
de corazones arrancados…
de rincones oscuros…
“Me gusta cuando me escribes”
-decías-
Y de repente… me negaste la palabra,
renegaste de los dos…
fuiste sordo a mis llamadas…
a mis gritos de dolor…
a mi llanto desgarrado…
y tú…
Tú no entendías, tú no atendías…
“Me gusta cuando me escribes”
¿Qué buscabas en mí? –dímelo-
Porque yo simplemente no retiré mi mano
aquel día… aquella noche de agosto…
simplemente recuerdo a una
mujer rota,
doblada sobre una barandilla… deshecha…
atónita por la frialdad de aquellas bolsas.
Y…
De ti recuerdo que hablabas sobre mi pelo,
“Péinate...”
Absurdo lo que se recuerda…
Absurdo el dolor de recordar… tu rostro contraído..
Tu imposibilidad de llorar…
de gemir en un orgasmo…
tu contención… tu dolorosa contención..
tu temida desconfianza…
tu terrible soledad de niño perdido…
tu no saber si amaste alguna vez…
“Me gusta cuando me escribes”…
¿Te gusta lo qué escribo?
¿Te gusta lo qué
siento?
¿Te gusta esta mujer que nunca tuvo alas?
¿Despeinada?... era lo que menos me importaba…
Me dolías tú… me dolía el amor… me dolían…
aquellas sombras en el camino… solas las dos.
Solos tú y yo.
C.R. C. (20-02-2014)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Bicos e agarimos
Carmen